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2 feb 2009

Insmonio


El insomnio es como una espina clavada en un zapto sin demasiada eficacia, porque estorba pero sin doler. Al menos no el insomnio que me aqueja a mi. Mas que nada, me molesta. Me inquieta, me irrita, me hace senir incómoda, dar vueltas. Todo tipo de vueltas. Pero las vueltas de todo lo que me va pasando por la cabeza, de manera desorganizada y errantante, son mas molestas que los meros cambios de posición en la cama. Suelo sentir como una rueda llena de pensamientos, sensaciones o conceptos difusos que gira cada vez mas rápido. Mi abuela me enseñó desde muy chica que, cada vez que eso me pasara, tenia que imaginarme la rueda y un palo frenándola. Solia funcionar.

Pero ahora no sé si tengo ganas de censurar a la rueda. Porque si aún sabiendo que tengo que levantarme en cuatro horas no logro conciliar el sueño, empiezo a sospechar que -en el fondo- quizás no quiero dormirme. El psicoanálisis me amputó la espontaneidad, puede ser. Pero aún así me dispongo a encontrar cuál es el motivo ("dispongo" es un modo de decir, claro, porque sigo acostada en diagonal mirando el techo).

Obviamente, paso por alto las cuestiones domesticas (cerre bien la puerta? no deje nada enchufado que pudiera dañarse? donde guarde el recibo de las expensas) , me encantaria decir “porque ya esta todo en orden”, pero no: simplemente sé que no es eso, porque ya tuve la oportunidad de destrozar tostadoras y planchitas para el pelo y no fue en este momento del dia. No, debe ser otra cosa.

Vamos a algo mas fuerte: la culpa. La cupa en mi tiene un poder contundente. En momentos asi me encantaria tener un cura de confianza para contarle mis pecados y diluirlos en fe y oraciones, pero tampoco es mi caso, asi que trato de arreglarmelas entre tres ejes básicos que son, mas o menos, el autocovencimiento, la autocrítica y pedir perdon. Pero no, lo cierto es que hoy no hice nada de lo que genuinamente me arrepienta.

Quizás es que dormi demasiado. Claro. Una persona como yo esta acostumbrada a cinco o seis horas por dia y acabo de volver de unas vacaciones en las que dormi 8 o más… pero después me recuerdo (asna) que la adenosina –que es una de las moléculas que explican nuestras ganas de dormir- se acumula mientras estamos despiertos y no se puede compenar con horas de sueño previas a ese despertar.

Tampoco barajo la opcion levantarme y ponerme a adelantar todo lo constituye el ritual de mis lunes: preparar el ambo, la ropa de danza, las cosas del trabajo. Esas son cosas para hacer bajo la refrescante virginidad de la mañana. Me desestabilizaria. Seria como, en un momento como este, tomarme un café con leche.

Ay, eso! Café con leche

15 ene 2009

Tristeza

La tristeza tiene gusto amargo. A mí, por lo menos, me empieza en los ojos. Los ojos se me hacen insoportables, siento que me pesan y me duelen, como si no quisiera ver. Después viene la mandíbula, que pierde su lugar habitual para desmoronarse, casi del todo. Y es exactamente ahí es cuando se siente el gusto amargo, que despunta en la lengua y sigue de alguna manera hasta el corazón y ahí se clava. Una o cien veces, eso depende. Pero hay un momento, justo antes de la próxima clavada en que empiezo a llorar. Menos mal. Porque con el llanto la amargura se restringe a un circuito más o menos cerrado, entre los ojos y la garganta.

Como siempre, trato de entender, ya que las respuestas hechas de palabras me dan tranquilidad. Pero muchas veces eso no pasa.
Sí, en cambio, es mas común es que -de tantas veces que me lo pregunto- el "por que?" se transforma en una suerte de melodía, algo desesperada, imperativa e impaciente.

Despues viene la depresión. Depresión de grieta, de hundido. Mientras lloro no me doy cuenta, por ahi las lágrimas la tapan, pero cuando cesa el llanto me queda como una suerte de cráter. Hay algo de desolación y de moraleja en esa impronta. Es una marca que se agrega, algo que me modifica para siempre que hace yo nunca vuelva a ser la misma.
A veces lloro un poco más por eso también.

Se termina con una palabra o un abrazo de esos que ayudan a distribuir el peso que nombré al principio.

Con suerte, a veces llega pronto.

14 may 2007

AJJ



El asco es una sensación curiosa e intensa. Si bien podríamos decir que un 80 % de su magnitud implica aspectos de tipo psíquico estoy segura de que todos nosotros hemos experimentado la sensación física que implica el asco, al menos una vez.

Empieza, básicamente, en la garganta. La garganta se nos retuerce y termina afectando de alguna manera a los músculos de la mímica resultando, entonces, en una mueca deformada, apretada y dolorosa. A veces las comisuras de la boca amenazan con levantarse como ocurre, paradójicamente, en una sonrisa. Pero no.

Acá no es luz que sale del pecho y traspasa los dientes.
En este caso las comisuras son nada más arrastradas por la tracción desmesurada de cada fibra de la musculatura de la expresión, que a esta altura ya pudo haber bajado también al cuello y ahora sí empiezan a entrar en juego los sentidos especiales. Nos recorre un gusto entre agrio y amargo por el piso de la boca, por el esófago, llega al estómago y allí se ensarta; y no queda otra que doblarse, supongo en un intento de que ese asco no siga desparramándose por el cuerpo.
Afortunadamente, en general no prosigue. Apenas hay una recidiva cuando llega a las manos, que se extienden al máximo separando los dedos para luego, sometidas a ese nivel de tensión, acercarse a la cara y taparla, intentando aliviar la mueca, dar calor y a veces contener las lágrimas, que con muy buen tino bañan toda la cara cansada de tanto contraerse y sucia de tanto pero tanto asco.