
Estaba en la cola del supermercado, leyendo un apunte de anemias y escuchando un disco viejo de Liquid Tension para así hacer más llevadera la espera (SIEMPRE elijo la cola que más tarda, la que tiene cajeras con debilidad mental más severa, las de las viejas que se olvidan cosas y las van a buscar, la de la gente que no se decide si pagar su compra de $ 47 en dos o tres cuotas con tarjeta y piden que les calculen los intereses...) cuando de golpe, lo advertí.
No sé si llamarlo sexto sentido, hiperdensidad de dermatomas o barestesia exquisita; si estar o no orgullosa de tener ese nivel de percepción, pero, inequivocablemente, esa persona que se acababa de ubicar atrás mío en la fila era un joven. Y era del tipo de los que me gustan a mí.
Pasaron dos señoras gordas, inmensas. Una estaba con la hija y no pude sacar ninguna conclusión porque mi miopía galopante me lo impidió. La segunda, la que estaba justo adelante mío, me dio mucha pena porque llevaba dos frascos GRANDES de shampoo Suave, otro frasco familiar de crema Hinds, yerba Cachamai y un edulcorante líquido del tamaño de un silo de sorgo.
Es que siempre me pasa. Ir al supermercado me hace encontrar con tantos aspectos de mi persona que vuelvo con la psique fragmentada, de la misma manera que cuando iba a terapia.
Por ejemplo, cuando veo un viejito que lleva un yogur entero y nada más, o un albañil que lleva un paquete de galletitas de agua, o una pareja muy joven con una bolsa de pañales de los más chicos y baratos no puedo evitar romperme en mil pedazos por dentro. Ese producto solito, en la línea de cajas, la persona que generalmente tiene el importe justo... me da todo como una idea de desierto o de desolación que me entristece horrores. Asocio, estúpidamente, la felicidad con el consumo. Entonces me contengo las lágrimas, me recrimino ser tan imbécil, me río de mi patetismo, me pierdo en lo que estaba leyendo, tengo que volver a mirar el primer cuadro porque no registré ninguna de las 4 hojas que pasé.
Ah, y el muchacho.
Está buenisimo tener la certeza de que alguien te gusta sin haberlo visto. Es genial hacer fuerza para no imaginarte la cara, ni retorcer el cuello para ver qué lleva en el changuito. Está bueno saber (o creer) que él también te está mirando y que está esperando que te des vuelta porque también se está conteniendo las ganas de ver cómo sos. Y seducir de espaldas, sutilmente, sin caer en la vulgaridad.
Y está bueno que cuando, finalmente, te das vuelta, sea lindo y que el cruce de miradas se vuelva un rayo láser que haga que hasta la cajera se sienta incómoda. Es perfecto que (pocas veces me pasan esas cosas) la serie de pasos sacarse los auriculares-abrir la mochila-sacar la billetera- sacar el documento- sacar la tarjeta se lleve a cabo con una coordinación perfecta y aceitada, sin cables que se enreden, sin un corpiño que se salga de la mochila o sin la billetera manchada con algún gel anestésico para la boca que tuvo necesariamente que abrirse minutos antes.
Está bueno mirarlo una sola vez y prometerle amor eterno en esa mirada para luego estudiarlo de reojo, retirarte ignorándolo por completo, hacerte la superada y encarar la puerta con 9 bolsas; parar en la vereda, reacomodarlas, sentirte incapaz, vencida, pesadumbrada. Y que -claro- venga él, gentil, misericordioso y galante a ofrecerte su ayuda.
En un minuto pensé y me proyecté todo lo que pude: imaginé que me ayudaba, que llegábamos hasta mi casa, que subía, que teníamos sexo desenfrenado, que nos poníamos de novios, nos casábamos y teníamos hijos.
Y me imaginé la mueca de desilusión en la cara de mis hijos al contarles que a papá lo había conocido en el Coto.
Le dije "Gracias, yo me arreglo", un poco indiferente, procurando entonces que él supusiera que se había hecho la película solo.
Después Hugo, el encargado de mi edificio, me ayudó a subir las bolsas hasta mi departamento.



