17 may 2007

Marido








Admiro con locura demencial a este hombre. Quiero ser Betty Carol Nash y recibirme con medalla de oro nada más que para dedicar el resto de mi vida a curar su nariz.

14 may 2007

AJJ



El asco es una sensación curiosa e intensa. Si bien podríamos decir que un 80 % de su magnitud implica aspectos de tipo psíquico estoy segura de que todos nosotros hemos experimentado la sensación física que implica el asco, al menos una vez.

Empieza, básicamente, en la garganta. La garganta se nos retuerce y termina afectando de alguna manera a los músculos de la mímica resultando, entonces, en una mueca deformada, apretada y dolorosa. A veces las comisuras de la boca amenazan con levantarse como ocurre, paradójicamente, en una sonrisa. Pero no.

Acá no es luz que sale del pecho y traspasa los dientes.
En este caso las comisuras son nada más arrastradas por la tracción desmesurada de cada fibra de la musculatura de la expresión, que a esta altura ya pudo haber bajado también al cuello y ahora sí empiezan a entrar en juego los sentidos especiales. Nos recorre un gusto entre agrio y amargo por el piso de la boca, por el esófago, llega al estómago y allí se ensarta; y no queda otra que doblarse, supongo en un intento de que ese asco no siga desparramándose por el cuerpo.
Afortunadamente, en general no prosigue. Apenas hay una recidiva cuando llega a las manos, que se extienden al máximo separando los dedos para luego, sometidas a ese nivel de tensión, acercarse a la cara y taparla, intentando aliviar la mueca, dar calor y a veces contener las lágrimas, que con muy buen tino bañan toda la cara cansada de tanto contraerse y sucia de tanto pero tanto asco.


7 may 2007

A la Carga mi Rocanrol

El saber popular dictamina que las mujeres somos más complicadas que los hombres. Así, cada tanto, suelen lanzarse al mercado manuales que tratan de decodificarnos, revistas que nos tildan de laberínticas y poetas que prefieren la resignación o el abismo de la incertidumbre.
Nos tildan de enredadas, de misteriosas, de imprevisible.
A veces hasta de locas.

Y sepan que yo no me caracterizo por un feminismo muy acérrimo o comprometido, pero para este punto en particular quiero hacer manifiesta una idea: a la hora de conquistar, las mujeres somos mucho más sencillas que los hombres.

Cuando de seducir la voluntad de otro se trata, el espectro masculino se fragmenta en un millón de pedazos, algunos de los cuales, con anterioridad y no muy exitosamente intenté reunir.

Las mujeres, en cambio, (acaso por el bombardeo de información pertinente de la mano de revistas como la Cosmo o quizá por el ensayo y error ) solamente se dividen en dos grupos. Y esta vez no es producto de mi imaginación o de mi obsesión de categorizar todo. No no no. Esto es algo validado desde la más objetiva observacion. Lo sé. Lo se por mis amigas, lo sé por mis amigos, lo sé por mi misma. Cuando de seducir se trata, las mujeres tenemos tan sólo dos caminos:
a)ser la mujer-parrillera
b)ser la mujer-horno-de-barro

a) La mujer-parrillera es una tipa contundente, que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.
Trata, de alguna manera, de que siempre quede en evidencia cuáles son aquellas condiciones que la destacan o diferencian del resto, a más tardar en la segunda cita: nunca se olvida de mencionar que es asidua practicante del hatha yoga, habla de las notas de cerezo y cuero que tiene el vino que está degustando, de lo bien que le sale el pastel tibio de peras con queso philadelphia, de las muchas amigas que tiene y de todo lo que la quieren, de cómo la valoran en su trabajo, de las grandes oscilaciones de la cola su perro cada vez que la ve, de todos los viajes que hizo, de los premios que se ganó, de la vez que le tocó el protagónico femenino de Remedios de Escalada en un acto patrio de la escuela.
Tampoco es infecuente que, si menciona una canción, tienda a entonarla a viva voz imitando por ejemplo a Patricia Sosa, para que no queden dudas de cuál era el tema en cuestión o qué tan amplio es su registro.

Ante este panorama de toda la carne al asador los interlocutores quedan anonadados. Atónitos. Fascinados. Desencajados. Enceguecidos por tanto brillo.

Les cuentan a sus amigos que están con una mina "que no sabés lo que es", la llaman 35.000.000 de veces por hora o se quieren casar al segundo día.


b) La mujer-horno-de-barro, mientras tanto, es más tranquila o menos estratega. Tras pocas palabras que describen escenas cotidianas o anécdotas de sus sobrinos, se esconde -en general- una concertista de piano, una genia de la animación, una doctora en física cuántica; facultades con las cuales cualquier mujer-parrillera haría (por lo menos) estragos.

La mujer-horno-de-barro, en cambio, no contempla la posibilidad de que su don pueda resultar atractivo para el sexo opuesto y a veces hasta tiene con su campo de desempeño una relación culposa, razón por la cual -al tener que hablar solamente de las otras cosas que hace- parecerá rasa, tímida o aburrida.


Lamentablemente, son pocos los hombres que cuentan con la suspicacia o la paciencia para descubrir estas virtudes, y muchas de ellas mueren en la soltería absoluta.

Afortunadamente (sobre todo para los lectores solteros), sepan que las pueden encontrar en cualquier boliche, cualquier panadería o cualquier vereda, disfrazadas de chica estándar.

1 may 2007

AIA

El dolor tiene formas tan curiosas de manifestarse como maneras ser abordado. Hay infinidad de estímulos dolorosos y una cantidad importante de receptores para decodificarlos, distintos umbrales, distintas personas con distintas experiencias pasadas que entonces interpretarán y sentirán cada vez algo diferente.

Pero, sobre todas las cosas, el dolor es un signo de alerta: quemarnos nos hace sacar un dedo, un pisotón nos dice que cambiemos de compañero de baile y una opresión en la cabeza, que nos tomemos un recreo; acaso con el fin último de preservar nuestra especie.

Pero a veces no todo es tan claro ni tan sencillo ni tan me tomo un Doltén o me anestesio y ya.
Ahora, por ejemplo, tengo (porque lo tengo, el espejo puede engañarnos en más cuando nos creemos bonitas, pero nunca miente una cara álgica) en algún lugar del alma un dolor incisivo, como rasgado, que de a ratos puedo evadir y que por momentos vuelve y me recuerda que es una alarma pero yo -que estoy muy dormida o muy resignada o muy ciega- no consigo darme cuenta de cuál es el fuego, el compañero de baile o el trabajo del que tengo que huír despavorida para conservar mi integridad.
O mi ego.
O mi constante ilusión de felicidad eterna.
Y entonces NADA de la inmensidad de mi botiquín sirve para estos casos.
Así que pongo a Chavela Vargas y juego a que desafío a mis mecanismos de analgesia endógena una vez más.

27 abr 2007

Cartas de Mamá


Me corté (bastante) el pelo y, si bien ya desde antes cada tanto me lo comentaban, ahora la gente no deja ni un segundo de decirme que soy igual a Jennifer Beals, la protagonista de Flashdance.

Como la verdad yo no me veo parecida, le mando un mail a mi madre con este link y el siguiente texto:
"Me dicen que me parezco a esta actriz, pero para mí nada que ver. Vos que sos mi mamá y me reconocerías sobre todas las cosas, qué opinás?"

A lo que contesta:
"Ay hija, no entiendo por qué se ven así todas las fotos, pero qué lindo te queda ese vestido rojo!!!. Tenes que usar aros y maquillarte más seguido, viste que yo siempre te digo."

5 abr 2007

Algoritmo para dejar a un novio

Si bien empezar una relación (con todo lo que eso implica: conocer a alguien, a su familia, a sus amigos, reorganizar la agenda semanal) no resulta tarea sencilla, lo más dificil, lo más duro, lo que más cuesta, lo imposible, es terminarla.

Sea que estemos dando fin a un noviazgo de cuatro años o a un romance de verano, la cosa siempre se nos termina yendo de las manos y haciéndonos (o haciéndolo) sufrir mucho más de lo que teníamos pensado.

Yo, por ejemplo, computo:

1) un ex devenido en amante.

2) otro devenido en psicologo.

3) un tercero devenido en enemigo y al que, a la menor intención de contacto, le propicio amenazas terribles.

4) Otro con quien siempre tenemos ganas de vernos pero con quien jamás coincidimos en tiempo y lugar.

5) otro que apenas recuerdo y del cual no supe nunca mas nada.

6) uno mas que me llama por cuestiones relacionadas con su salud y el cual, despues de hacerme perder el tiempo, no hace nada de lo que yo le indico.

7) uno con el que hablamos de temas únicos e increíbles pero nunca de nuestras respectivas vidas sentimentales, como si de un acuerdo tácito se tratara.

Como verán, casi ninguno de estos vínculos ulteriores contribuye realmente al bienestar de mi salud mental. Y creo que la culpa de todo la tiene la manera (indefinida, débil, dubitativa) en la que se terminó el romance.

Por eso, estimados lectores, me aventuro a propiciarles el siguiente esquema que, si bien no pretende resolver todas las dificultades afines a una ruptura, al menos las organiza:




26 mar 2007

El peso de la ley (o por qué la obesidad debería ser ilegal)



Tiempo atrás hubo un caso particular cuya protagonista fue una mujer obesa.
Amarillistas como son, los noticieros anunciaban conmovidos la discriminación que había sufrido una señora excedida de peso por una aerolínea, la cual pretendía -por meras cuestiones de seguridad y comodidad- cobrarle dos boletos en lugar de uno.
Como todos sabemos, este tipo de sucesos son la génesis de una inmensa y tórrida bola mediática, no falto por tanto quien acuse a este tipo de actitudes -mas bien a la conducta discriminatoria- etiologías indiscutibles de desórdenes alimenticios y muertes súbitas de modelos. Irónicamente, obitan muchas más personas por complicaciones cardiovasculares asociadas con el sobrepeso que de anorexia nerviosa o bulimia.
Raudamente una congregación de justicieros urbanos sin nada mejor que hacer, empezó a hacer oír su reclamo y la cuestión de la obesidad se hizo cotidiana. A la semana de abordar este tema, la gente obesa había sido reconocida “discapacitada”. Y he aquí el gran error.
La discapacidad es azarosa, inevitable, irreversible. Es una mutación genética, un accidente, un fármaco teratogénico, un error médico.
La gordura, en cambio, excepto por un puñado de causas, es una elección. Y yo no comprendo bien que pretendía esta mujer.
Acaso la aerolínea en cuestión debería perder un boleto, dinero o seguridad porque esta mujer había decidido comer hasta perder la forma humana?
Es justo la persona que viajaba al lado suyo soportara todo el viaje la sorda y constante presión y temperatura de millones de centímetros cúbicos de tejido adiposo tapizados con piel seborreica porque la señora no había tenido la voluntad de someterse a una dieta y la tenacidad de hacer ejercicio físico?
La realidad es que para que los gordos viajen cómodos, deberían hacer aviones con menos capacidad de asientos. Considerando el la relación:
Precio de cada boleto= Costo del viaje para la aerolínea
Cantidad de Pasajeros
es fácilmente inferible que la única manera de amortizar un viaje con menos capacidad es aumentando el precio del boleto. Este ajuste recaería sobre todos los pasajeros, incluyo aquellas personas que no son gordos, los cuales estarían entonces no solo gastando dinero extra injustamente, sino fomentando que los señores con un índice de masa corporal mayor a 30 se sigan atiborrando eternamente de carbohidratos simples y grasas saturadas.
Los gordos esperan el trato común, pero al mismo tiempo argumentan sufrir de su gordura. Dicen ser discriminados, pero luego lo exigen. Quieren que todos los negocios de ropa tengan pantalones del tamaño de una canadiense para 5 personas, rampas, modelar, bailar danza clásica, el asiento del colectivo. Quieren que les creamos cuando dicen “pero si yo no como nada, apenas poquitito así” mientras forman con sus deditos rechonchos un círculo inverosímil.
Invierten sus energías en que el resto de la sociedad acepte su enfermizo comportamiento como algo natural y saludable, y no en someterse a un plan de alimentación sensato.
En España, por ejemplo, hay una cantidad de 8.306 muertes al año a raíz del consumo de drogas; sin embargo la cantidad de defunciones por patologías relacionadas con la obesidad alcanza la alarmante cifra de 30.000.

Ahora bien, la acción de consumir drogas, venderlas o simplemente poseerlas es declarado ilegal según las normas que rigen nuestra nación primando, entonces, el cuidado de la salud por sobre el placer químico. Y esto me lleva al gran interrogante, por qué la venta de alimentos hacia la gente obesa o simplemente la obesidad no constituye un delito?

Fomentar y aceptar la obesidad es ser cómplice de una muerte, proveerle comida a un obeso es acelerar el proceso. Por eso creo que ser obeso es ilegal, y que -amén de ser tratado como una enfermedad terminal- debería ser procesado por la justicia y pasible de una (edulcorada) condena.

Todo con el objeto de consolidar la paz interior, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. Mínimo.

9 mar 2007

Las Góndolas y el Romance



Estaba en la cola del supermercado, leyendo un apunte de anemias y escuchando un disco viejo de Liquid Tension para así hacer más llevadera la espera (SIEMPRE elijo la cola que más tarda, la que tiene cajeras con debilidad mental más severa, las de las viejas que se olvidan cosas y las van a buscar, la de la gente que no se decide si pagar su compra de $ 47 en dos o tres cuotas con tarjeta y piden que les calculen los intereses...) cuando de golpe, lo advertí.

No sé si llamarlo sexto sentido, hiperdensidad de dermatomas o barestesia exquisita; si estar o no orgullosa de tener ese nivel de percepción, pero, inequivocablemente, esa persona que se acababa de ubicar atrás mío en la fila era un joven. Y era del tipo de los que me gustan a mí.

Pasaron dos señoras gordas, inmensas. Una estaba con la hija y no pude sacar ninguna conclusión porque mi miopía galopante me lo impidió. La segunda, la que estaba justo adelante mío, me dio mucha pena porque llevaba dos frascos GRANDES de shampoo Suave, otro frasco familiar de crema Hinds, yerba Cachamai y un edulcorante líquido del tamaño de un silo de sorgo.

Es que siempre me pasa. Ir al supermercado me hace encontrar con tantos aspectos de mi persona que vuelvo con la psique fragmentada, de la misma manera que cuando iba a terapia.

Por ejemplo, cuando veo un viejito que lleva un yogur entero y nada más, o un albañil que lleva un paquete de galletitas de agua, o una pareja muy joven con una bolsa de pañales de los más chicos y baratos no puedo evitar romperme en mil pedazos por dentro. Ese producto solito, en la línea de cajas, la persona que generalmente tiene el importe justo... me da todo como una idea de desierto o de desolación que me entristece horrores. Asocio, estúpidamente, la felicidad con el consumo. Entonces me contengo las lágrimas, me recrimino ser tan imbécil, me río de mi patetismo, me pierdo en lo que estaba leyendo, tengo que volver a mirar el primer cuadro porque no registré ninguna de las 4 hojas que pasé.

Ah, y el muchacho.
Está buenisimo tener la certeza de que alguien te gusta sin haberlo visto. Es genial hacer fuerza para no imaginarte la cara, ni retorcer el cuello para ver qué lleva en el changuito. Está bueno saber (o creer) que él también te está mirando y que está esperando que te des vuelta porque también se está conteniendo las ganas de ver cómo sos. Y seducir de espaldas, sutilmente, sin caer en la vulgaridad.

Y está bueno que cuando, finalmente, te das vuelta, sea lindo y que el cruce de miradas se vuelva un rayo láser que haga que hasta la cajera se sienta incómoda. Es perfecto que (pocas veces me pasan esas cosas) la serie de pasos sacarse los auriculares-abrir la mochila-sacar la billetera- sacar el documento- sacar la tarjeta se lleve a cabo con una coordinación perfecta y aceitada, sin cables que se enreden, sin un corpiño que se salga de la mochila o sin la billetera manchada con algún gel anestésico para la boca que tuvo necesariamente que abrirse minutos antes.

Está bueno mirarlo una sola vez y prometerle amor eterno en esa mirada para luego estudiarlo de reojo, retirarte ignorándolo por completo, hacerte la superada y encarar la puerta con 9 bolsas; parar en la vereda, reacomodarlas, sentirte incapaz, vencida, pesadumbrada. Y que -claro- venga él, gentil, misericordioso y galante a ofrecerte su ayuda.

En un minuto pensé y me proyecté todo lo que pude: imaginé que me ayudaba, que llegábamos hasta mi casa, que subía, que teníamos sexo desenfrenado, que nos poníamos de novios, nos casábamos y teníamos hijos.

Y me imaginé la mueca de desilusión en la cara de mis hijos al contarles que a papá lo había conocido en el Coto.

Le dije "Gracias, yo me arreglo", un poco indiferente, procurando entonces que él supusiera que se había hecho la película solo.
Después Hugo, el encargado de mi edificio, me ayudó a subir las bolsas hasta mi departamento.



1 mar 2007

Matemática Aplicada

Gracias lengua por tu aporte. De verdad quedó más bonito.
Básicamente, existen dos maneras de tomarse la vida: complicándosela o no.

Mas allá del entorno, competencias y condicionantes que nos hayan tocado en suerte, las personas tendemos a distribuírnos bajo la órbita de dos rótulos que definen a su vez dos grupos sociales principales: el de la gente práctica y el de la gente compleja.

Los prácticos parecen haber abrazado categóricamente el postulado de geometría euclidiana que enuncia que la menor distancia entre dos puntos es una recta.

Así, sus procedimientos son en general sencillos, definidos y contundentes; no suelen hacerse demasiados cuestionamientos y filosofía les aburre o les parece inútil.

No conciben, por ejemplo, la idea de depresión endógena: si uno les cuenta que está mal, triste o desesperanzado, la pregunta de rigor es “qué te paso?”. Si, ante esto, contestamos que nada -aunque tengamos conductas netamente suicidas- ellos desestimarán el problema. En su cabeza, las cosas funcionan así: si no te pasa nada, no tenés por qué estar mal.
Si, en cambio contestamos que nos peleamos con nuestro novio, rematan con un “es un tarado, dejalo”.Y punto.

Si bien son buenos compañeros de viaje o aventuras debido a su impecable organización, las charlas de bar con ellos pueden ser aburridísimas: sencillamente se limitan a contar qué hicieron o qué van a hacer, y la idea de inventar una teoría o adivinarles nombres e historias a la gente le parece delirante o loca.

Trabajan para ganarse la vida y es muy probable que cumplan eficazmente con su tarea, pero de ninguna manera se les ocurriría agregar valor a su labor o proponer ideas innovadoras.

Del mismo modo, durante su etapa académica, estudian “para el exámen” y a veces hasta son alumnos destacados, pero su inquiteud llega hasta donde el programa de la materia y no atinan a leer un capítulo extracurricular jamás.

En algún momento, debo confesarlo, admiré a los de este grupo. Quise yo también ser así de práctica, así de clara, así de simple. Quise su aparente paz interior o su adolescencia sin turbulencias escuchando Luis Miguel. Y una relación de pareja sana, cuidar sobrinos o divertirme con menos. Y quise esa cosa llegar a la misma conclusiones a las que yo finalmente llegaba, pero con los tiempos invertidos por ellos.



Porque después están los otros. Los complejos. Los que desdibujan ese trayecto entre dos puntos dejando de lado la geometría que aprendieron en la escuela con su idea facilista de un espacio plano. Aquí, claro, consideramos:

Los que tienen un blog (fotolog computa para el grupo anterior).
Los que se cuestionan cosas del calibre “para qué vine al mundo?” todos los días.
Los que sufren de más, reiteradamente, o sin causa aparente.
Los que leen lo que les gusta o interesa, aunque sepan que en el parcial les a tomar otra cosa.
Los que pueden estar horas inventando una teoría de borrachos que no sirve para nada.
Los que piensan en todas las posibles consecuencias antes de ejecutar algo, aunque no esté en sus planes próximos ejecutar nada.
Los que se psicoanalizan.


Y a mí, hoy por hoy, estas personas me parecen más interesantes. Me seducen, me conmueven, me resultan enriquecedoras. Me gustan porque son más divertidas, más emocionantes, porque tienen la cuota de conflicto necesaria.

O porque -en realidad- son los dueños de la verdad absoluta: como bien propone la Teoría de Relatividad General con su idea de un espacio-tiempo curvado, la mínima distancia entre dos puntos deja ya de ser una recta. Y allí, entre esos puntos de inflexión, se esconden todos los secretos del universo.