29 may 2007

Ofertón de Inteligencia


El peor defecto que puede tener una persona imbécil es no asumirse como tal, ya que el primer paso para resolver un problema es reconocerlo.
Es sabido, nadie es perfecto.
Betty Carol, por ejemplo, sufre serios trastornos motores para todo tipo de práctica deportiva los cuales fueron extensamente señalados tanto por profesores de educación física como por compañeras de equipos de voley, y si bien esto la avergüenza y afecta su comportamiento social de una manera considerable, no le queda otra que aceptarlo y ya.

El Cuidador del Zoo asume con humildad su dificultad y lentitud para las matemáticas, concientizado acaso por la cascada de aplazos en su etapa de educación básica o porque todos sus compañeritos ya volvían del recreo cuando él aún iba por la primer cuenta.


Pero a veces esto no es tan lógico, tan sencillo ni tan claro. En estos casos, suponemos que la resignación viene por el lado de que el contacto con la realidad y la parcialidad en cuanto a la comparación con los pares, otorga una verdad infalible acerca de las falencias implicadas.

La gente imbécil, por otro lado, la tiene más difícil:

  1. Primero porque por falta de observación y comparación, no reconocen sus límites.
  2. Segundo, porque por consideración, respeto o miedo a herir susceptibilidades, nadie le dice a otra persona “oíme, la verdad es que sos un imbécil”.
  3. Tercero, el tema a tratar en el presente artículo: las mil y un maneras de adquirir items que brindan, aunque sea fugazmente, la sensación de sentirse inteligente, culto, instruído, educado.
Son varios los accesorios cerebrales disponibles en el mercado, aunque se tratarán aquí los más comunes.

A saber:

1) Hacer crucigramas, sopas de letras, autodefinidos: Estas aparentemente inocentes, económicas y sencillas publicaciones encriptan en sí un engaño agudo y efectivo. Por una módica suma la persona imbécil puede sentir la ilusión de la genialidad, el sabor del triunfo, el bienestar de realizarse...todo ello, claro, luego de resolver un "cruzado" en donde la mitad de las incógnitas corresponde a nombres o apellidos de gente famosa. El juego se completa con sinónimos, capitales de países y notas musicales, seguramente aprendido en ejercicios anteriores pero jamás obtenidos fuentes como un libro de historia o un concierto para piano.

2) Escuchar Pink Floyd: La gente que no entiende nada de música adora poner el DVD de The Wall, cuando todo el mundo en una fiesta ya está pasado de tragos y cantando Fabi Cantilo en el balcón. Entonces, con actitud de director de orquesta y cara de eruditos, cierran los ojos, se tiran en un almohadón y hacen como si tocaran con las manos mientras te dicen "mirá, escuchá esta parte, David Gilmour es un pulpo, no se puede creer lo que toca este tipo" cuando el guitarrista nada más estira alguna que otra nota. La peor parte de esta rutina es cuando intentan sentirse identificados con las letras, actividad realmente imposible por que todas carecen de sentido.

3) Leer Cortázar: Todos leímos Cortazar alguna vez. Todos vivimos nuestro momento de fanatismo cuando descubrimos sus cuentos, sus recursos literarios, sus personajes comiendo papas fritas o fumando Gauloises.
Pero asumamos que es una lectura fácil, que no implica mayores esfuerzos que -a lo sumo- no perderse en el laberinto de palabras que alguno de sus textos nos brindan.
Algunos imbéciles, en cambio, descubren Rayuela a una edad tardía e, inflados como un pollo contemporáneo del orgullo, lo llevan en el colectivo, a las salas de esperas, recuerdan la escena de Talita y el tablón si estamos preparando mate, hablan de Horacio como si fuera un amigo suyo y están (como quien se entusiasma con el dos por uno de Farmacity) EMBELESADOS porque el libro en realidad, es otro más.

4) Mirar peliculas de Woody Allen: Si bien Woody Allen es un cineasta original y sus películas clasifican principalmente para un grupo selecto de la sociedad, también hay que sincerarse y saber que cualquier persona puede entenderlas.
Algunos imbéciles consideran que poner en el cine una obra de este autor es bastardear el sacro producto de su gracia con el popularismo. Están convencidos de que Woody Allen, mientras les guiña el ojo desde la tapa de la caja del DVD, les susurra al odio: “miren el minuto 45:36, esa es nuestra”. Si uno se acerca cuando algún fan está viendo alguna de estas películas y le pregunta qué está mirando, siempre responderán: “ufff….es muy complicado, después con tiempo te explico bien”

5) Hablar de la Naranja Mecánica: La trama del film consiste en las aventuras de un joven cuyos principales intereses son la violación, la ultra-violencia, y Beethoven. Más tarde Alex, el actor principal, tras someterse a un tratamiento capaz de eliminar sus instintos violentos pasara a ser un ciudadano más de la comunidad.
Esta es la historia, no hay nada más que esto. Asi que yo no sé por qué se insiste en hablar de la película como si fuese algo que te marca para siempre. Cuando esto ocurre, la gente suele bajar la voz y mirar a su alrededor, susurrar, etc. Como si se refirieran de los delitos que ellos mismos cometieron. Al mismo tiempo, consideran que analizarla es tarea de gente muy capaz, y que el simple hecho de verla devela tu paladar cultural. Si bien es una película llevadera, a mi entender, no difiere tanto de otras como “Nico” de Steven Segal o “Rambo”.

6) Ir al Malba: La gente imbécil va al Malba a ver pintoreso fotógrafos que son una espanto pero que están de moda y se pierden muestras como las de Xul Solar o Emilio Petorutti porque esas no figuraban en la Wipe.
También son pasibles de concurrir asiduamente al cine de los jueves, aunque la película en cuestión sea mala, del año ´40 y la proyección constituya una apenas disimulada excusa para promover una campaña política.
Sea cual sea el evento, adoran ir ulteriormente a un bar a hablar de lo que no saben, para lo que tienen que valerse de palabras como "flasheó", “súper" y “adoré”.

La persona inteligente es merecedora de respeto y tiene ciertos privilegios de los cuales constantemente hace uso. No es que esté mal, simplemente es un aprovechamiento sano de sus capacidades mentales, las cuales en varios casos talló a base de esfuerzos enormes. En cambio, es de notar que varias personas imbéciles intentan estirar su cuello para retozar su cabeza en las nubes en las cuales descansan las mentes geniales, por el ínfimo pago de un acérrimo peaje.

Es de vital importancia reconocer estas actitudes y justiciarlas públicamente, ya que no es infrecuente que se presenten maquilladas, ocultas quizá bajo la palabra “hobbie”. Estas artimañas del demonio engendran en sí un solo objetivo: proporcionar, como aquel reportero ignoto que se cuela en la gala de los premios Oscar, acceso libre a camuflados a un rango atinadamente restringido.

17 may 2007

Marido








Admiro con locura demencial a este hombre. Quiero ser Betty Carol Nash y recibirme con medalla de oro nada más que para dedicar el resto de mi vida a curar su nariz.

14 may 2007

AJJ



El asco es una sensación curiosa e intensa. Si bien podríamos decir que un 80 % de su magnitud implica aspectos de tipo psíquico estoy segura de que todos nosotros hemos experimentado la sensación física que implica el asco, al menos una vez.

Empieza, básicamente, en la garganta. La garganta se nos retuerce y termina afectando de alguna manera a los músculos de la mímica resultando, entonces, en una mueca deformada, apretada y dolorosa. A veces las comisuras de la boca amenazan con levantarse como ocurre, paradójicamente, en una sonrisa. Pero no.

Acá no es luz que sale del pecho y traspasa los dientes.
En este caso las comisuras son nada más arrastradas por la tracción desmesurada de cada fibra de la musculatura de la expresión, que a esta altura ya pudo haber bajado también al cuello y ahora sí empiezan a entrar en juego los sentidos especiales. Nos recorre un gusto entre agrio y amargo por el piso de la boca, por el esófago, llega al estómago y allí se ensarta; y no queda otra que doblarse, supongo en un intento de que ese asco no siga desparramándose por el cuerpo.
Afortunadamente, en general no prosigue. Apenas hay una recidiva cuando llega a las manos, que se extienden al máximo separando los dedos para luego, sometidas a ese nivel de tensión, acercarse a la cara y taparla, intentando aliviar la mueca, dar calor y a veces contener las lágrimas, que con muy buen tino bañan toda la cara cansada de tanto contraerse y sucia de tanto pero tanto asco.


7 may 2007

A la Carga mi Rocanrol

El saber popular dictamina que las mujeres somos más complicadas que los hombres. Así, cada tanto, suelen lanzarse al mercado manuales que tratan de decodificarnos, revistas que nos tildan de laberínticas y poetas que prefieren la resignación o el abismo de la incertidumbre.
Nos tildan de enredadas, de misteriosas, de imprevisible.
A veces hasta de locas.

Y sepan que yo no me caracterizo por un feminismo muy acérrimo o comprometido, pero para este punto en particular quiero hacer manifiesta una idea: a la hora de conquistar, las mujeres somos mucho más sencillas que los hombres.

Cuando de seducir la voluntad de otro se trata, el espectro masculino se fragmenta en un millón de pedazos, algunos de los cuales, con anterioridad y no muy exitosamente intenté reunir.

Las mujeres, en cambio, (acaso por el bombardeo de información pertinente de la mano de revistas como la Cosmo o quizá por el ensayo y error ) solamente se dividen en dos grupos. Y esta vez no es producto de mi imaginación o de mi obsesión de categorizar todo. No no no. Esto es algo validado desde la más objetiva observacion. Lo sé. Lo se por mis amigas, lo sé por mis amigos, lo sé por mi misma. Cuando de seducir se trata, las mujeres tenemos tan sólo dos caminos:
a)ser la mujer-parrillera
b)ser la mujer-horno-de-barro

a) La mujer-parrillera es una tipa contundente, que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.
Trata, de alguna manera, de que siempre quede en evidencia cuáles son aquellas condiciones que la destacan o diferencian del resto, a más tardar en la segunda cita: nunca se olvida de mencionar que es asidua practicante del hatha yoga, habla de las notas de cerezo y cuero que tiene el vino que está degustando, de lo bien que le sale el pastel tibio de peras con queso philadelphia, de las muchas amigas que tiene y de todo lo que la quieren, de cómo la valoran en su trabajo, de las grandes oscilaciones de la cola su perro cada vez que la ve, de todos los viajes que hizo, de los premios que se ganó, de la vez que le tocó el protagónico femenino de Remedios de Escalada en un acto patrio de la escuela.
Tampoco es infecuente que, si menciona una canción, tienda a entonarla a viva voz imitando por ejemplo a Patricia Sosa, para que no queden dudas de cuál era el tema en cuestión o qué tan amplio es su registro.

Ante este panorama de toda la carne al asador los interlocutores quedan anonadados. Atónitos. Fascinados. Desencajados. Enceguecidos por tanto brillo.

Les cuentan a sus amigos que están con una mina "que no sabés lo que es", la llaman 35.000.000 de veces por hora o se quieren casar al segundo día.


b) La mujer-horno-de-barro, mientras tanto, es más tranquila o menos estratega. Tras pocas palabras que describen escenas cotidianas o anécdotas de sus sobrinos, se esconde -en general- una concertista de piano, una genia de la animación, una doctora en física cuántica; facultades con las cuales cualquier mujer-parrillera haría (por lo menos) estragos.

La mujer-horno-de-barro, en cambio, no contempla la posibilidad de que su don pueda resultar atractivo para el sexo opuesto y a veces hasta tiene con su campo de desempeño una relación culposa, razón por la cual -al tener que hablar solamente de las otras cosas que hace- parecerá rasa, tímida o aburrida.


Lamentablemente, son pocos los hombres que cuentan con la suspicacia o la paciencia para descubrir estas virtudes, y muchas de ellas mueren en la soltería absoluta.

Afortunadamente (sobre todo para los lectores solteros), sepan que las pueden encontrar en cualquier boliche, cualquier panadería o cualquier vereda, disfrazadas de chica estándar.

1 may 2007

AIA

El dolor tiene formas tan curiosas de manifestarse como maneras ser abordado. Hay infinidad de estímulos dolorosos y una cantidad importante de receptores para decodificarlos, distintos umbrales, distintas personas con distintas experiencias pasadas que entonces interpretarán y sentirán cada vez algo diferente.

Pero, sobre todas las cosas, el dolor es un signo de alerta: quemarnos nos hace sacar un dedo, un pisotón nos dice que cambiemos de compañero de baile y una opresión en la cabeza, que nos tomemos un recreo; acaso con el fin último de preservar nuestra especie.

Pero a veces no todo es tan claro ni tan sencillo ni tan me tomo un Doltén o me anestesio y ya.
Ahora, por ejemplo, tengo (porque lo tengo, el espejo puede engañarnos en más cuando nos creemos bonitas, pero nunca miente una cara álgica) en algún lugar del alma un dolor incisivo, como rasgado, que de a ratos puedo evadir y que por momentos vuelve y me recuerda que es una alarma pero yo -que estoy muy dormida o muy resignada o muy ciega- no consigo darme cuenta de cuál es el fuego, el compañero de baile o el trabajo del que tengo que huír despavorida para conservar mi integridad.
O mi ego.
O mi constante ilusión de felicidad eterna.
Y entonces NADA de la inmensidad de mi botiquín sirve para estos casos.
Así que pongo a Chavela Vargas y juego a que desafío a mis mecanismos de analgesia endógena una vez más.

27 abr 2007

Cartas de Mamá


Me corté (bastante) el pelo y, si bien ya desde antes cada tanto me lo comentaban, ahora la gente no deja ni un segundo de decirme que soy igual a Jennifer Beals, la protagonista de Flashdance.

Como la verdad yo no me veo parecida, le mando un mail a mi madre con este link y el siguiente texto:
"Me dicen que me parezco a esta actriz, pero para mí nada que ver. Vos que sos mi mamá y me reconocerías sobre todas las cosas, qué opinás?"

A lo que contesta:
"Ay hija, no entiendo por qué se ven así todas las fotos, pero qué lindo te queda ese vestido rojo!!!. Tenes que usar aros y maquillarte más seguido, viste que yo siempre te digo."

5 abr 2007

Algoritmo para dejar a un novio

Si bien empezar una relación (con todo lo que eso implica: conocer a alguien, a su familia, a sus amigos, reorganizar la agenda semanal) no resulta tarea sencilla, lo más dificil, lo más duro, lo que más cuesta, lo imposible, es terminarla.

Sea que estemos dando fin a un noviazgo de cuatro años o a un romance de verano, la cosa siempre se nos termina yendo de las manos y haciéndonos (o haciéndolo) sufrir mucho más de lo que teníamos pensado.

Yo, por ejemplo, computo:

1) un ex devenido en amante.

2) otro devenido en psicologo.

3) un tercero devenido en enemigo y al que, a la menor intención de contacto, le propicio amenazas terribles.

4) Otro con quien siempre tenemos ganas de vernos pero con quien jamás coincidimos en tiempo y lugar.

5) otro que apenas recuerdo y del cual no supe nunca mas nada.

6) uno mas que me llama por cuestiones relacionadas con su salud y el cual, despues de hacerme perder el tiempo, no hace nada de lo que yo le indico.

7) uno con el que hablamos de temas únicos e increíbles pero nunca de nuestras respectivas vidas sentimentales, como si de un acuerdo tácito se tratara.

Como verán, casi ninguno de estos vínculos ulteriores contribuye realmente al bienestar de mi salud mental. Y creo que la culpa de todo la tiene la manera (indefinida, débil, dubitativa) en la que se terminó el romance.

Por eso, estimados lectores, me aventuro a propiciarles el siguiente esquema que, si bien no pretende resolver todas las dificultades afines a una ruptura, al menos las organiza:




26 mar 2007

El peso de la ley (o por qué la obesidad debería ser ilegal)



Tiempo atrás hubo un caso particular cuya protagonista fue una mujer obesa.
Amarillistas como son, los noticieros anunciaban conmovidos la discriminación que había sufrido una señora excedida de peso por una aerolínea, la cual pretendía -por meras cuestiones de seguridad y comodidad- cobrarle dos boletos en lugar de uno.
Como todos sabemos, este tipo de sucesos son la génesis de una inmensa y tórrida bola mediática, no falto por tanto quien acuse a este tipo de actitudes -mas bien a la conducta discriminatoria- etiologías indiscutibles de desórdenes alimenticios y muertes súbitas de modelos. Irónicamente, obitan muchas más personas por complicaciones cardiovasculares asociadas con el sobrepeso que de anorexia nerviosa o bulimia.
Raudamente una congregación de justicieros urbanos sin nada mejor que hacer, empezó a hacer oír su reclamo y la cuestión de la obesidad se hizo cotidiana. A la semana de abordar este tema, la gente obesa había sido reconocida “discapacitada”. Y he aquí el gran error.
La discapacidad es azarosa, inevitable, irreversible. Es una mutación genética, un accidente, un fármaco teratogénico, un error médico.
La gordura, en cambio, excepto por un puñado de causas, es una elección. Y yo no comprendo bien que pretendía esta mujer.
Acaso la aerolínea en cuestión debería perder un boleto, dinero o seguridad porque esta mujer había decidido comer hasta perder la forma humana?
Es justo la persona que viajaba al lado suyo soportara todo el viaje la sorda y constante presión y temperatura de millones de centímetros cúbicos de tejido adiposo tapizados con piel seborreica porque la señora no había tenido la voluntad de someterse a una dieta y la tenacidad de hacer ejercicio físico?
La realidad es que para que los gordos viajen cómodos, deberían hacer aviones con menos capacidad de asientos. Considerando el la relación:
Precio de cada boleto= Costo del viaje para la aerolínea
Cantidad de Pasajeros
es fácilmente inferible que la única manera de amortizar un viaje con menos capacidad es aumentando el precio del boleto. Este ajuste recaería sobre todos los pasajeros, incluyo aquellas personas que no son gordos, los cuales estarían entonces no solo gastando dinero extra injustamente, sino fomentando que los señores con un índice de masa corporal mayor a 30 se sigan atiborrando eternamente de carbohidratos simples y grasas saturadas.
Los gordos esperan el trato común, pero al mismo tiempo argumentan sufrir de su gordura. Dicen ser discriminados, pero luego lo exigen. Quieren que todos los negocios de ropa tengan pantalones del tamaño de una canadiense para 5 personas, rampas, modelar, bailar danza clásica, el asiento del colectivo. Quieren que les creamos cuando dicen “pero si yo no como nada, apenas poquitito así” mientras forman con sus deditos rechonchos un círculo inverosímil.
Invierten sus energías en que el resto de la sociedad acepte su enfermizo comportamiento como algo natural y saludable, y no en someterse a un plan de alimentación sensato.
En España, por ejemplo, hay una cantidad de 8.306 muertes al año a raíz del consumo de drogas; sin embargo la cantidad de defunciones por patologías relacionadas con la obesidad alcanza la alarmante cifra de 30.000.

Ahora bien, la acción de consumir drogas, venderlas o simplemente poseerlas es declarado ilegal según las normas que rigen nuestra nación primando, entonces, el cuidado de la salud por sobre el placer químico. Y esto me lleva al gran interrogante, por qué la venta de alimentos hacia la gente obesa o simplemente la obesidad no constituye un delito?

Fomentar y aceptar la obesidad es ser cómplice de una muerte, proveerle comida a un obeso es acelerar el proceso. Por eso creo que ser obeso es ilegal, y que -amén de ser tratado como una enfermedad terminal- debería ser procesado por la justicia y pasible de una (edulcorada) condena.

Todo con el objeto de consolidar la paz interior, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. Mínimo.

9 mar 2007

Las Góndolas y el Romance



Estaba en la cola del supermercado, leyendo un apunte de anemias y escuchando un disco viejo de Liquid Tension para así hacer más llevadera la espera (SIEMPRE elijo la cola que más tarda, la que tiene cajeras con debilidad mental más severa, las de las viejas que se olvidan cosas y las van a buscar, la de la gente que no se decide si pagar su compra de $ 47 en dos o tres cuotas con tarjeta y piden que les calculen los intereses...) cuando de golpe, lo advertí.

No sé si llamarlo sexto sentido, hiperdensidad de dermatomas o barestesia exquisita; si estar o no orgullosa de tener ese nivel de percepción, pero, inequivocablemente, esa persona que se acababa de ubicar atrás mío en la fila era un joven. Y era del tipo de los que me gustan a mí.

Pasaron dos señoras gordas, inmensas. Una estaba con la hija y no pude sacar ninguna conclusión porque mi miopía galopante me lo impidió. La segunda, la que estaba justo adelante mío, me dio mucha pena porque llevaba dos frascos GRANDES de shampoo Suave, otro frasco familiar de crema Hinds, yerba Cachamai y un edulcorante líquido del tamaño de un silo de sorgo.

Es que siempre me pasa. Ir al supermercado me hace encontrar con tantos aspectos de mi persona que vuelvo con la psique fragmentada, de la misma manera que cuando iba a terapia.

Por ejemplo, cuando veo un viejito que lleva un yogur entero y nada más, o un albañil que lleva un paquete de galletitas de agua, o una pareja muy joven con una bolsa de pañales de los más chicos y baratos no puedo evitar romperme en mil pedazos por dentro. Ese producto solito, en la línea de cajas, la persona que generalmente tiene el importe justo... me da todo como una idea de desierto o de desolación que me entristece horrores. Asocio, estúpidamente, la felicidad con el consumo. Entonces me contengo las lágrimas, me recrimino ser tan imbécil, me río de mi patetismo, me pierdo en lo que estaba leyendo, tengo que volver a mirar el primer cuadro porque no registré ninguna de las 4 hojas que pasé.

Ah, y el muchacho.
Está buenisimo tener la certeza de que alguien te gusta sin haberlo visto. Es genial hacer fuerza para no imaginarte la cara, ni retorcer el cuello para ver qué lleva en el changuito. Está bueno saber (o creer) que él también te está mirando y que está esperando que te des vuelta porque también se está conteniendo las ganas de ver cómo sos. Y seducir de espaldas, sutilmente, sin caer en la vulgaridad.

Y está bueno que cuando, finalmente, te das vuelta, sea lindo y que el cruce de miradas se vuelva un rayo láser que haga que hasta la cajera se sienta incómoda. Es perfecto que (pocas veces me pasan esas cosas) la serie de pasos sacarse los auriculares-abrir la mochila-sacar la billetera- sacar el documento- sacar la tarjeta se lleve a cabo con una coordinación perfecta y aceitada, sin cables que se enreden, sin un corpiño que se salga de la mochila o sin la billetera manchada con algún gel anestésico para la boca que tuvo necesariamente que abrirse minutos antes.

Está bueno mirarlo una sola vez y prometerle amor eterno en esa mirada para luego estudiarlo de reojo, retirarte ignorándolo por completo, hacerte la superada y encarar la puerta con 9 bolsas; parar en la vereda, reacomodarlas, sentirte incapaz, vencida, pesadumbrada. Y que -claro- venga él, gentil, misericordioso y galante a ofrecerte su ayuda.

En un minuto pensé y me proyecté todo lo que pude: imaginé que me ayudaba, que llegábamos hasta mi casa, que subía, que teníamos sexo desenfrenado, que nos poníamos de novios, nos casábamos y teníamos hijos.

Y me imaginé la mueca de desilusión en la cara de mis hijos al contarles que a papá lo había conocido en el Coto.

Le dije "Gracias, yo me arreglo", un poco indiferente, procurando entonces que él supusiera que se había hecho la película solo.
Después Hugo, el encargado de mi edificio, me ayudó a subir las bolsas hasta mi departamento.