20 ago. 2009

Master Plan


Cuando yo estaba en segundo o tercer grado, una de las cosas que más me gustaba era jugar a la maestra. Mi casa tenía un patio muy grande y el patio tenía un galpón, en donde yo habia improvisado una suerte de aula, con un pizarrón acomodado entre frascos de conservas y una mesita con sillas que ocupaban dos o tres osos de peluche. Así, pasaba tardes enteras escribiendo con tiza lo mismo que me habían enseñado a mí en mi escuela unas horas antes. Eran muchas las cosas que me parecían increíbles y quería compartirlas, aunque los ojos de botones de mis muñecos no me dieran un feedback muy alentador.

Hoy, 20 años después, ir a dar clase sigue siendo una de las cosas más motivantes de mi semana. Y es que la relación maestro-alumno es, dentro del inagotable abanico de los posibles vínculos entre las personas, otra de mis favoritas.

Sin embargo, no termino de entender exactamente qué es lo que la sostiene. Algo de obligación sí, es verdad, pero creo firmenmente que en el contrato tácito que se celebra cada vez que alguien se dispone a enseñarnos algo o cada vez que pensamos en un ejemplo para que el otro entienda, hay contenido mucho pero mucho más.


  • Es, por ejemplo, un pacto justo y recíproco en el que los dos se proporcionan cosas que necesitan. Asi, el alumno adquiere nuevos conocimientos y el maestro busca en en alumno la inquietud para poder seguir indagando nuevos conocimientos para poder trasmitirlos a futuros alumnos que a la vez le generan nuevas inquietudes que lo acercan nuevos conocimientos.
  • Es fuente de insipiración. Particularmente a mí, como alumna, nada me motiva más que un profesor que me enseña y que a la vez me llena de inquietudes. Como ayudante, hay pocas cosas tan lindas como un alumno desafiante, permeable, crítico y analítico. Nada me desvela tanto como una duda que no supe contestar, un ejemplo que no encontre, un autor que no lei.
  • Es una relación que puede tanto simplificar como complicar nuestra vida. La sensación de entender algo que hasta hace unos segundos no, alivia y nos hace felices. La angustia de sentir que no sabemos lo suficiente es ciertamente movilizadora, pero nos saca la atención de todas las otras órbitas.Al menos a mí.
  • Es infinito, trascendental, eterno. El aprendizaje es unproceso, y como en todo proceso, el producto final difiere del inicial. Después de una buena clase (cualquiera sea el lado en el que me encuentre) suele quedarme una sensación de que algo cambió y para siempre.

Y es que en cada una de las cosas que aprendí tuve la suerte de tener maestros inolvidables.

La primera que recuerdo es a Laura, mi maestra de segundo grado. Nos hacía encontrar figuras en garabatos que ella (con los ojos cerrados y al azar) trazaba en nuestros cuadernos. Y después inventarles una historia. Ahi entendí que la imaginación podía ser el juguete más divertido de todos.

Marisa y Baraffani, mis profesoras de matemática, me enseñaron adorar la perfección y la pureza de ese lenguaje.

Natalia, mi maestra de danza contemporánea, me enseñó el valor de las cosas hechas con técnica y me re-enseñó el valor del juego.

Alba, mi maestra de danza clásica, que me enseñó a escuchar al cuerpo.

Marcelo, mi maestro en medicina, me enseñó por lo menos la mitad de lo que sé. De él tomo cada enseñanza, comentario o anécdota. Pero entre la infinidad de signos semiológicos y algoritmos de razonamiento que aprendí en todos estos años, nada me quedó tanto como el consejo "para ser buena médica, queré a tus pacientes".

A Vicente, otro maestro de medicina. Él fue mi ejemplo de enseñanza de medicina en la cabecera del enfermo. Tenía un humor difícil y nunca ninguna respuesta le parecía lo suficientmente buena ni lo suficientemente rápida, pero yo le tomé cariño. Jamás en mi vida volví a estudiar tanto ni tan urgentemente.

Mis jefes de Cátedra. Sobre todo el Dr. Lopez Gastón, que me enseñó que la medicina todo siempre "puede ser".

Y son inolvidables, porque la enseñanza trasciende lo meramente cognitvo. Lo cognitivo se pierde, se actualiza, cambia o se usa para otra cosa. Porque a fin de cuentas...quién dice que yo no pueda escuchar a mi cuerpo cuando estoy estudiando pasadas las 3 de la mañana? Acaso no es desde el juego el approach que hago con cierto tipo de pacientes? Hasta que punto no hago semiología del movimiento cuando miro a una bailarina que admiro y quiero imitar? Una secuencia de pasos no es una función matemática? La imaginación e inventar historias no me siguen acompañando hasta cuando tomo el colectivo?

Le busco la vuelta y no le encuentro el nombre a eso que no es lo cognitivo que también enseñan los maestros. No es hábito, técnica ni fórmula. No sé qué es.

Pero así, innominado y todo, es exactamente eso lo que celebro (además de mi cumpleaños) cada 11 de septiembre.



9 comentarios:

Mike dijo...

Pañuelos por favor.

Betty Carol dijo...

En realidad no me importan los maestros, los alumnos, ni nada. Es todo para recordarles que en menos de un mes es mi cumple feliz.

Los pañuelos por qué?

Hora Ferreyra dijo...

Muy lindo el recorrido Brendy. Me gustaría sentir que tuve maestros o profesores así de inspiradores, pero...

Por otro lado ¿naciste el 11 de septiembre? Mi sobrino más chico también, y a él le dicen Bin Laden!

Beso.

MirandaPriestly dijo...

Hermoso posteo.

Loki dijo...

Yo quiero enfermarme y que Ud. me atienda asi me quiere.

¿Ya le había comentado que nacimos en la misma fecha, no?

El otro día escuche algo que todavía retumba en mi conciencia:
"La docencia es uno de los actos más revolucionarios que puede realizar una persona"

Betty Carol dijo...

Hora: dale, uno tiene que haber. Por què escribis?
Si! el 11. No volves para ese finde a Bs As, no?
Si si, venite a mi fiesta noventosa

Miranda: gracias!

Loki: ya sabia, si!!! Gran fecha.
Me encantò la frase, es estètica y cognitivamente linda.

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uoL dijo...

Creo que un maestro es esa persona que sabe traducir un contenido a un medio que nosotros somos capaces de entender naturalmente..

Por ejemplo: no entendemos como multiplicar, pero tenemos una habilidad natural para reconocer y diferenciar áreas, un buen maestro nos mostraría con áreas dibujadas como multiplicar, y luego nos haría ver lo fácil y elegante que es expresar esa cuestión en un lenguaje matemático.

Este nuevo conocimiento entonces, se vuelve una habilidad disponible para cuando queremos aprender otro contenido (por ejemplo una raíz o una potencia).

Esta persona, el maestro, entiende no solo el contenido, sino que entiende al alumno en profundidad. Sabe ver cuales son sus cualidades y sabe traducir el contenido a un medio que el alumno puede entender.

No solo nos enseña, sino que no comprende y nos guía a ampliar nuestra cognición por nuestros propios medios.

Desde el primer momento que ampliamos nuestro mundo cognitivo por nosotros mismos, vemos un mundo nuevo, bah.. en realidad el mismo mundo con distintos ojos; y lo distinto, lo nuevo, lo lejano se vuelve sumamente interesante.

En fin, la limé, pero el comentario iba en respuesta a esas últimas frases de tu post que se preguntaban que era lo que ofrecen los maestros. Para mi, lo que ofrecen en un puente entre nosotros y nuevos mundos, puentes hechos de nuestras propias habilidades.

O por lo menos, así lo veo yo, je

Lindo post!
Beso