9 dic. 2008

La prima de Ondina


En la mitología germánica, Ondina era una ninfa del agua. Como todas las ninfas, era hermosa e inmortal. La única amenaza para la felicidad eterna de las ninfas era enamorarse de un mortal y dar a luz al hijo fruto de la relación, ya que eso significaba la pérdida inmediata de la inmortalidad. Pero Ondina se enamoró de un audaz caballero (Sir Lawrence) y se casaron. Tras pronunciar los votos, Sir Lawrence dijo: “Que cada aliento que dé mientras estoy despierto sea mi compromiso de amor y fidelidad hacia ti”. Un año después del matrimonio, Ondina dio a luz al hijo de Lawrence. Desde ese momento, ella comenzó a envejecer. Mientras el atractivo físico de Ondina se iba desvaneciendo, Lawrence perdía el interés en su mujer. Una tarde, mientras Ondina estaba caminando cerca de los establos, escuchó el ronquido familiar de su marido. Cuando entró al establo vio a Sir Lawrence recostado en los brazos de otra mujer. Ondina despertó a su marido rápidamente, le señaló con el dedo y pronunció su maldición: “Me juraste fidelidad por cada aliento que dieras mientras estuvieras despierto y acepté tu promesa. Así sea. Mientras te mantengas despierto, podrás respirar, pero si alguna vez llegas a dormirte, ¡Te quedarás sin aliento y morirás! Sir Lawrence se vió condenado entonces a mantenerse despierto para siempre…

En la vida real la Maldición de Ondina existe y se emplea en medicina para definir a la hipoventilación alveolar primaria. Permítanme contarles que en los seres humanos la función respiratoria tiene dos maneras de ser controlada:
  • hay una regulación consciente, ya que nosotros podemos aumentar o disminuír la velocidad a la que respiramos voluntariamente (prueben ustedes en sus casas)
  • otra inconsciente, comandada por centros jerárquicos ubicados en el bulbo raquídeo. Esta última es la que permite que, cuando estemos durmiendo o pensando en otra cosa, el patrón ventilatorio se conserve gracias a sensores que detectan niveles de gases en sangre.
Los afectados con el Mal de Ondina pierden esa capacidad de regulacion inconsciente, razón por la cual tienen que ser sometidos a asistencia respiratoria en los períodos de sueño.
Básicamente, si no se acuerdan, no respiran. Y si no respiran se mueren.

Todo esto viene a cuento de que yo debo tener algo muy similar en mi centro hipotalámico regulador de la sed ya que acabo de pasar dos días enteros sin tomar ni una gota de agua. Por ahí llega el momento en el que la gente se da cuenta y me mira fijo hasta que me termino la botellita de agua mineral del almuerzo o el vaso que viene de cortesia con el café, pero es como una tarea más. Yo nunca tengo sed. Mi mecanismo es alarmantemente débil y se me confunde con hambre, sueño o ganas de cantar Cristian Castro en el karaoke. Me siento mal y me automedico, me pongo crema, salgo a caminar, bailo un rato, me compro una remera.

Es más, en este momento me atraviesa una crisis de identidad: estoy empezando a sospechar que quizá todo lo soy y lo que digo, lo que pienso y lo que hago, lo que cuento y lo que leen no sea en realidad otra cosa que sed.